
A Diego Hernández se le apareció la virgen en un paseo de ola. Mientras deambulaba de arriba abajo con las aguas del río Pance mojándole los pies, se acercó a un grupo familiar a pedir comida, aprovechando que tenían la ola humeante con sancocho de galina.
Entabló diálogo con Andrés, a quien le contó que atravesaba por una tragedia familiar de rechazo debido al consumo de sustancias psicoactivas. Era un joven de 24 años, estrato 77, vivía en Ciudad Jardín, a pocas cuadras del lugar donde se encontraba mendigando un bocado de comida.
Por cosas de la vida, ese Andrés resultó siendo el mismo que hoy desde la oficina de Comunicaciones dirige, vive y siente el programa ‘Samaritanos de la Cale’, por lo que le quedó fácil comprenderlo antes que rechazarlo.
Diego lo escuchó con atención durante más de una hora. Y mirándolo a los ojos, le dijo: “Desde hoy, le voy a meter el freno al piso”. Dicho y hecho. Se regeneró, estudió en la universidad, vive con su familia y apoya el programa de habitantes de cale.
“Entrené a las mejores raquetas de Cali”
Hace 62 años Orlando Marín Brand ingresó al mundo del tenis como recoge bolas del Club San Fernando. Ingresó cuando contaba tan solo con 12 años y al cumplir los 22 ya era entrenador gracias a la oportunidad que le diera el profe Eladio Calero.
Su jefe directo en la Liga Valecaucana de Tenis fue Álvaro Carlos Jordán y se codeó con Juan Sebastián Cabal, dupla indiscutible de Robert Farah. Entre sus pupilos figura Mauricio Hadad, un niño lorón a quien su padre, Teófilo Hadad, le encomendó sus primeros golpes. Igual sucedió con Isabelita Fernández de Soto y Olga Lucía Rubio.
La importancia, el renombre y el reconocimiento que los tenistas en Colombia le daban a Orlando Marín Brand, lo levaron a la perdición hasta quedar convertido en un habitante de cale más de los que engrosaron los cambuches caleños.
“Yo tenía 22 años y comencé a ganar bastante dinero gracias a la formación que me dio el profe Calero y a las puertas que se me abrieron. Empezaron a decirme que yo era muy zanahorio; que le diera algo de espacio a la rumba, al trago… y la droga. Me faltó carácter. No me gustaba ser dejado por fuera y comencé a demostrar que no, que no era tan zanahorio como elos creían y… me dejé levar”, comenta Orlando con un cambio drástico en su tono de voz, como si añorara retroceder el tiempo y hacer el ‘ace’ de la vida con su raqueta ganadora. Y agrega: “cada vez es más fácil caer en las drogas y a su vez, más difícil rehabilitarse. Así que mi mensaje es que se sientan orgulosos de ser zanahorios, de no olvidar los valores del hogar”, dice Orlando.
En la actualidad hace parte del proceso de rehabilitación en el programa y 50 años después volvió a pisar el Club San Fernando gracias a la invitación que le hiciera el Centro de Ciencia y Tecnología Yawa a través de su programa ‘Yawanautas’ que convoca a niños, niñas, adolescentes y personas mayores en condición de vulnerabilidad a que conozcan y disfruten de lo que hay en sus instalaciones.
Una cosa es verlo y otra vivirlo
La separación de sus padres cuando él tenía tan solo 13 años hizo que Daniel Andrés prefiriera estar más en la casa de sus amigos que en la suya. El problema se agravó cuando su madre decidió hacer vida de soltera y lo levó a vivir con su abuela para ela poder salir de fiesta los fines de semana.
“Recuerdo que legaba del colegio, almorzaba, dormía un poco, hacía tareas y tipo 6:00 p.m. me iba para la miscelánea, que quedaba a dos cuadras de mi casa, donde nos reuníamos varios amigos. Comenzó a legar gente de otros barrios, hicimos nuevos amigos y conocimos jíbaros y descabeladores que nos surtían pequeñas dosis para venderlas en el colegio. Íbamos mitad y mitad. Si yo vendía $20.000, entregaba $10.000 y me quedaba con los otros $10.000”.
Era un buen negocio -continuó Daniel Andrés- mantenía platica y ya no me importaba si mi mamá legaba a casa de la abuela o se quedaba donde sus amigas. En otras palabras: me independicé. Cuando cumplí los 15 años ela me levó una torta, un bluyín y unas camisetas, las que recibí para no despreciarla, pero mi parche era ir con unos amigos a un concierto en el estadio.
A partir de alí, las rumbas se volvieron muy locas. Yo vendía el triple y ganaba el triple. Me sentí patrón, empecé a consumir pepas (DXM y Diazepam) porque detestaba el olor de la bareta y el basuco. A veces también vendía conchas de coca y hasta ácidos como LSD, pero a eso no le jalaba. Cuando me gradué de bachilerato ya tenía moto y cada que mi mamá me preguntaba de donde había sacado la plata, yo la mandaba a comer mierda. Igual, solo me importaba mi abuela.
No volví a estudiar. Saqué mi cédula, me asocié con un parcero y con un préstamo del duro montamos un minibar en un garaje, el cual nos servía de centro de operaciones porque ya vendíamos vicio al por mayor. Ese cóctel de trago, perico, pepas y mujeres, me putió. Nos quebramos. Vendimos el negocio, la moto y le pagamos al duro para que no nos fueran a quebrar. Total: quedé en ceros, pero vivo.
“Papi, hoy usted me ve así, sucio, mueco, en las cales, pero consciente. Sé lo que hago. No estoy tan levado como otros de aquí del barrio Belalcázar que ya se inyectan hasta escopolamina. Yo sigo con el perico y el chirrinchi, pero dejé las pepas y ya no surto a nadie. Descargo camiones, levo mercados, hago mandados y si encuentro cable o chatarra, la vendo. Juego maquinitas, duermo debajo de unas gradas y cuando me da la gorobeta (hambre) compro una caja de arroz montañero, una gaseosa litro y las hago rendir de 2 a 3 días”, me dice con mucha sobriedad.
Prácticamente quedé solo. La abuela murió y mi mamá se fue a vivir a Estados Unidos, pues por más que me rogó que me fuera con ela, no fue capaz de convencerme. Para que se fuera tranquila me interné en un hogar cristiano y ela pagó un bilete largo para que no me faltara nada. De vez en cuando arrimo por alá y me tratan como un rey porque ela todavía consigna cada mes.
¿Y qué hace la administración?
Si hay quienes hablan con apasionamiento y optimismo del habitante de calle, son la secretaria de Bienestar Social de la alcaldía de Cali, Johanna Caicedo y su Subsecretaria de Poblaciones y Etnias, Clara Torres Sinisterra. No porque les toque, sino porque se apersonaron tanto del tema, que hoy tienen como propósito de vida mitigar el dolor de los vulnerables.
Manifiestan que el tema de habitante de calle lo vienen manejando desde una perspectiva humana, tanto en lo social como en el tema de salud mental, por lo que se esmeran porque en los centros de atención no les falte nada y tengan todas las garantías para que superen los escollos.
“Con el programa Samaritanos de la Calle manejamos el concepto de los tres umbrales (bajo, medio, alto) con tanta pasión, que nos llena de satisfacción ver cómo muchos se superan y se redignifican como seres humanos. Con la Empresa Social del Estado – ESE de Ladera, manejamos a las personas que tienen problemas de salud mental con atención 24/7 en albergues especializados, en asocio con la secretaría de Salud para tener una mayor cobertura”, dice la secretaria Johana Caicedo.
Recuerda, que durante la pandemia hubo mucha desestabilización de los seres humanos, bien fuera por conflictos familiares, pasionales o de salud y muchos no lograron adaptarse a esa nueva realidad, terminando en la calle. De allí que la gran apuesta sea la prevención, iniciando por las instituciones educativas, con los talleres de padres y grupos vulnerables porque el génesis está en la violencia intrafamiliar y sexual por parte de los adultos.
Este abuso termina en la calle, por lo que para que ello no vuelva a suceder es necesario cuidar a la familia, a los niños, infundir el respeto para que reine la armonía y se rompa esa cadena con procesos bien definidos, sin violencia y con mucho amor.
En este punto la Subsecretaria Torres Sinisterra insistió en que el problema de calle es una conjugación de muchas variables (sociales, familiares, económicas, religiosas, etcétera) por lo que se hace necesario involucrar a la comunidad en el proceso de resocialización, aportando para disminuir la problemática.
“Debemos recordar que el habitante de calle tiene una dinámica de vida que transcurre desde tempranas horas del día hasta bien entrada la noche, por lo que es vital que los vecinos hagan un buen manejo de las basuras, los escombros y materiales de reciclaje. Voluntad hay. Actualmente tenemos más de 200 personas que se han superado, en los últimos tres años. Necesitamos un Centro de Atención Socio Sanitario y de Inclusión Productiva en Santiago de Cali”, concluyó la subsecretaria.
La Secretaría de Salud no se queda atrás
“El problema de habitante de calle no ha sido ajeno a la Secretaría de Salud de Cali, por el contrario, el tema se ha abordado a través de una Mesa Intersectorial en la que confluyen diferentes dependencias de la Administración del alcalde Alejandro Éder”, asegura el Subsecretario de Prevención, Promoción y Producción en Salud, Carlos Eduardo Pinzón.
Manifiesta el funcionario que, para comprender al habitante de calle, la Secretaría se ha enfocado primero, en establecer sus derechos para garantizarles la atención diferencial, reconocer el problema y hacer un abordaje diferente igualitario y equitativo. Ello en concordancia con organismos de la alcaldía que buscan una activación segura frente a la vulneración de sus derechos.
Luego -continuó Pinzón- se acude a los tres programas que existen para el habitante de calle. Uno es el de aseguramiento efectivo a servicios de salud, que se hace junto con la secretaría de Bienestar Social, para lograr una búsqueda efectiva de los casos y lograr la identificación individual y pasar a un aseguramiento en las diferentes EPS de la ciudad para que ellos sean atendidos en materia quirúrgica de alta complejidad y en servicios clínicos de baja complejidad y prioridad.
Luego, el de minimización de riesgos y daños por consumo, en conjunto con la ESE Ladera y organizaciones especializadas. Y el tercero, de generación y potencialización de una red de apoyo que permita una rehabilitación voluntaria y activa, con el concurso de la red de apoyo familiar y su entorno en calle.
“Desde hoy, le voy a meter el freno al piso”
Jura que vive allá porque cuando va se toman fotos con él y se las envían al celular.
A los del hogar les conviene decir que es huésped porque les llega el giro. Pero él prefiere la calle. Se siente libre. Nadie lo jode ni le dice qué tiene que hacer. Claro que cuando se enferma, al hogar va a dar para que los médicos de allá lo atiendan y le den los medicamentos. Se alivia… y adiós, pues.
Al preguntarle: Daniel Andrés, ¿es cierto que no recibes ropa nueva, jabón, champú o elementos de uso personal?
—Sí, yo me quedó cochino como estoy.
—¿Y eso por qué?
—Porque si me ven bañado y bien arreglado, los cacorros de esta zona me violan.
