Recuerdo la canción ‘Las 40’ del cubano Rolando La Serie, la cual en una de sus estrofas dice: “viejas cales de mi barrio donde he dado el primer paso; vuelvo a vos, pesado el mazo en mi inútil barajar”…
La recordé al visitar y hacer un recorrido por la segunda etapa del barrio Gran Limonar, justo por las cales que anduve por más de 30 años, pues viví en ese sector desde el año 1976 hasta el año 2010, cuando la inmensa casona de la cale 11 A con carrera 65 se sentía muy grande y obligaba pensar en un apartamento para dos o tres personas. Con mucha nostalgia me fui para el barrio El Refugio, a escasas cuadras de donde estaba.
Cada que visitaba a un vecino de antaño me aterraba ver el mal estado de sus cales; eran cráteres adornados con policías acostados y tapas de alcantarila que sobresalían tres centímetros del escaso pavimento. Los vehículos sufrían, los vecinos renegaban en invierno por el pantano y en verano por el polvero, mientras los vigilantes de la cuadra hacían las veces de guías y agentes de tránsito.
Hoy -50 años después- veo que mi segunda etapa, enmarcada de la autopista sur a la avenida Pasoancho, entre carreras 64 A y 66, está siendo renovada, quedará bela, totalmente asfaltada, demarcada y transitable a ciegas. La 64 A, que lamábamos ‘cale caliente’ está en obra de cabo a rabo y en poco tiempo lucirá su mejor asfalto.
El barrio está cambiando por las buenas acciones de la alcaldía de Alejandro Éder, a través de la Secretaría de Infraestructura.
Los que no cambia son algunos de mis viejos vecinos que aún viven alí. La que tenía fama de chismosa, sigue igual: me desatrasó medio siglo, me contó de las amigas que metieron la pata, de los amigos que cayeron en el vicio, de los hermanos que se pelearon por la herencia de los viejos y de los que están presos por narcotráfico, pues para nadie es un secreto que el Gran Limonar fue el barrio de los traquetos de Cali, donde se comercializaron por primera vez la marihuana, la cocaína, el basuco, las pepas y los ácidos y donde las excentricidades de los ‘mágicos’ deslum-braban de sol a sol.
Una de mis amigas del parche de ‘los cabalos’ (así nos decían los marihuaneros a los que no consumíamos vicio) la nombraron gerente nacio-nal de una empresa del Estado. En uno de nuestros encuentros me propuso escribir un libro contando la historia negra del barrio, el cual ela me lo pagaría y lo mandaba a imprimir para mostrarlo como memoria histórica de la ciudad.
Me lamó la atención y me di a la tarea de recopilar datos, buscar fotos de ese entonces y grabar testimonios de algunos de mis antiguos vecinos. Lo titulé: ‘Gotas Amargas’. Un amigo publicista ilustró la portada donde se veía una mano exprimiendo un limón y de este salían gotas de sangre. Era el fiel reflejo de la violencia que el narcotráfico sembró en el naciente barrio del sur de la ciudad.
Animado con las anécdotas e infidencias que me contaron amigos y hasta las madres de algunos de mis antiguos compañeros, donde se testimoniaba cómo cayeron en el vicio, cómo robaban para comprar la droga, cómo cambiaron su carácter y cómo se derrumbaron sus ilusiones, me fui a entrevistar a uno de los escoltas -que en aquel entonces era mi ‘pana’para que me refrescara una balacera ocurrida en la cancha de fútbol en la que fue asesinado un amigo nuestro.
Me contó con pelos y señales. Me recordó algunos incidentes similares que yo había olvidado y me sugirió hablar con el chofer de un traqueto, que aún vivía en el barrio Nápoles. Cuando ya tenía mucho material recopilado, m amigo me lamó y me dijo: “mijo, uno de los ‘duros’ te mandó a decir que, si seguís preguntando maricadas y boleteando el barrio, te va a hacer tragar ese libro el día que lo saqués”.
Y hasta ahí me legó la emoción. Conozco muy bien cómo operan y por elo decidí guardar en mis recuerdos las viejas andanzas con los amigos del barrio, donde vi caer en el vicio a cerca de 50 de elos; otros 16 fueron asesinados, 3 desaparecidos, uno está amputado de sus piernas y otro se moviliza en sila de ruedas.
Hoy el vecindario es diferente. Ha legado mucha gente nueva y los escasos veteranos que aún viven alí, ya son viejos como yo que recordamos con nostalgia cuando la carrera 66 era netamente residencial y no el nido de borrachos, viciosos, bares y cantinas que es en la actualidad.
A pesar de todo, sigo sintiendo las viejas cales de mi barrio como si fueran mías. Me da tristeza ver gran parte de la zona con vocación comercial, pero me alegra que esta Administración no se haya olvidado de que en un rincón del sur de Cali aún vive gente que es gente y que recibe con dignidad y agradecimiento unas vías por las que da gusto seguir dando pasos.




