EL PRIMER PASO NO TE LLEVA ADONDE QUIERES IR, PERO TE SACA DE DONDE ESTÁS.

El caso ocurrido en Shreveport, Louisiana, donde un padre asesinó a sus propios hijos tras un conflicto de pareja, no puede explicarse desde una sola causa ni reducirse a un “trastorno mental”. Estos hechos revelan la convergencia de factores psicológicos, relacionales y sociales.

Amor no es posesión

En consulta es común escuchar frases como “lo hice porque la amaba demasiado”. Sin embargo, el amor sano implica cuidado y reconocimiento del otro como independiente. Cuando aparece la violencia extrema, lo que emerge no es amor, sino dependencia emocional, necesidad de control y una peligrosa fusión entre identidad y posesión. En estos casos, los hijos dejan de ser sujetos y se convierten en extensiones del agresor.

Filicidio y ruptura psíquica

El asesinato de hijos por parte de un progenitor suele darse en contextos de crisis de pareja, celos extremos o heridas narcisistas profundas. Más allá del diagnóstico, lo central es la deshumanización del vínculo: el niño deja de existir como otro y pasa a ser un medio para castigar o ejercer poder.

La herida narcisista: cuando perder es destruir

Algunos agresores no toleran la pérdida. La separación se vive como una aniquilación del yo. En estructuras psicológicas frágiles, puede activarse una lógica destructiva: “si tú me destruyes, yo destruyo todo”. En este punto, los hijos son instrumentalizados dentro del conflicto de pareja, uno de los indicadores más graves de riesgo.

Más allá del diagnóstico

No todo agresor presenta un trastorno psiquiátrico, ni todo trastorno conduce a la violencia. Aunque pueden coexistir factores como desregulación emocional, consumo de sustancias o trastornos de personalidad, la violencia también responde a dinámicas de poder y control.

Señales que no deben ignorarse

Amenazas, celos patológicos, aislamiento y conductas de control extremo suelen aparecer antes de estos hechos. El problema es que muchas veces se minimizan hasta que escalan.

Una responsabilidad colectiva

Estas tragedias también evidencian fallas sociales: normalización de los celos como amor, falta de intervención temprana y debilidad en la protección de víctimas.

Lo ocurrido no es una historia de amor llevada al extremo, sino la transformación de un vínculo protector en uno letal. Nombrarlo correctamente no solo permite comprenderlo, sino también prevenirlo.

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