EL PRIMER PASO NO TE LLEVA ADONDE QUIERES IR, PERO TE SACA DE DONDE ESTÁS.

Dicen que estar informado es un deber ciudadano. Pero, a veces, parece más un deporte extremo.

Uno prende el televisor, abre el celular o entra a las redes y recibe una avalancha de tragedias, escándalos y malas noticias que dejan al corazón en modo alerta. Es como si el país se empeñara en competir por el “premio al desastre del día”.

Y claro, no podemos tapar la realidad con un filtro de Instagram. Pero tampoco podemos normalizar que la información nos enferme. La Organización Mundial de la Salud ya reconoce que la sobreexposición a noticias negativas puede aumentar la ansiedad, el insomnio y la sensación de impotencia colectiva.

En palabras más nuestras: tanto noticiero triste termina bajando el ánimo, aunque uno no se dé cuenta. En el Pacífico lo sabemos bien. Aquí convivimos con titulares que muchas veces solo muestran la herida, pero no la fuerza con la que sanamos. La noticia cuenta el problema, pero rara vez el proceso. Habla del dolor, pero se olvida del coraje.

Por eso, necesitamos un consumo de información más consciente, más humano, más saludable.

  • Noticias con filtro emocional: así como filtramos el agua o el café, también deberíamos filtrar lo que entra por los ojos y los oídos. No se trata de ignorar lo que pasa, sino de regular la dosis. Ver noticias una vez al día es suficiente para estar informado. Si algo realmente importante ocurre, nos enteraremos igual (porque en Colombia las malas noticias corren más rápido que el WiFi).
  • Pensar antes de compartir: cada vez que reenviamos un video violento o una cadena alarmista, estamos multiplicando el miedo. La mente humana procesa las imágenes de sufrimiento como si las viviéramos en carne propia. Por eso, antes de darle “reenviar”, preguntémonos: ¿esto aporta algo o solo aumenta la angustia colectiva? A veces, cuidar la salud mental empieza con no compartir lo que hiere.
  • Buscar el equilibrio: no todo es tragedia, aunque así parezca. En nuestros barrios también pasan cosas hermosas: jóvenes creando proyectos, mujeres liderando comunidades, niños soñando con un futuro distinto. Esa información también existe, pero no tiene tanto rating. El reto es buscar las noticias que nutren, no solo las que alarman. Y si no las encontramos, contémoslas nosotros: eso también es terapia comunitaria.
  • Informarse sin intoxicarse: la información puede ser medicina o veneno, según la dosis. No necesitamos desconectarnos del mundo, pero sí aprender a escuchar sin absorber. Podemos estar atentos sin estar tensos. Podemos indignarnos sin enfermarnos. Y, sobre todo, podemos transformar la impotencia en acción: participar, proponer, ayudar, crear.

En el fondo, lo que necesitamos no son más noticias: necesitamos mejores relatos. Historias que hablen de lo que duele, sí, pero también de lo que sana. Porque el Pacífico —como Colombia entera— tiene derecho a contar su historia no solo desde la herida, sino desde la esperanza.

Así que la próxima vez que una noticia te deje sin aire, respira profundo y recuerda: no todo lo que pasa afuera tiene que destruir tu paz por dentro. Informarse también puede ser un acto de autocuidado, si se hace con alma y con criterio.

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