Del caney al bulevar, del centro al palafito, del Cosmos a Juntas, de la Comuna 12 a la 1, cada rincón que fuese necesario recorrió monseñor Rubén Darío Jaramillo Montoya en busca de una persona para decirle que la paz es posible, aun con las dificultades, de la desigualdad y la desatención de las administraciones locales, regionales y nacionales.
Sin pelos en la lengua para profesar la fe, dialogar con los demás apósteles, los de otras iglesias, los dirigentes, los mandos medios y mucho menos con los que pretenden sembrar zozobra y desesperanza en el territorios. Por eso fue a cada lugar donde había un Shotta o un Espartano u otro integrante de otras bandas. No los cogió de la oreja, ni les echó un cuento, los sentó en una mesa y les enseño como se cena en convivencia.
“Era una ciudad que venía de un caos. Acababa de pasar el paro cívico con 23 días con asonada. Era una ciudad preocupada. Unos gremios bravísimos con el sector de protesta de primera línea, de sindicatos y del comité del paro cívico. Un rompimiento total. También un sector portuario herido y preocupado. Era una ciudad perpleja porque estaban en manos de la incertidumbre absoluta”.
Podría decirse que es su vocación. “Pero no, mi misión no era juntarlos todos en la misma fe católica. Trabajé por la reconciliación y con muchos pastores. Integré los procesos y en ese momento no se conocían nombres de las bandas, pero también los gremios estaban divididos”.
Era cuestión de tiempo y cada día, desde septiembre del 2022, en cada charla, salían los mandos medios hasta que logró que los líderes se quitaran las máscaras y el miedo por lo oculto se develó.
“De ellos, que ya se marcaron como Shottas y Espartanos, me queda una gran satisfacción cuando ellos mismos dijeron:
Rubén Darío Jaramillo Montoya es ahora obispo en Montería: “Me voy porque no soy Dios. Dios se queda y yo voy a servir a otro lado, como he servido a Buenaventura. Gracias por querer al obispo, siempre me sentí amado y nunca solo, siempre con la compañía de la comunidad y mis sacerdotes”.
Empezó a pensar en reconciliar la ciudad, juntar a los que estaban divididos y “con una universidad encontré lo que ellos vivían con experiencia: ‘los diálogos improbables entre diversos y contrarios'”. Fue la clave para “desatrancar un poco esto”.

‘aprendimos a reconocer el mal que estábamos haciendo’. Eso es lo primero que tiene que hacer un ser humano para poder avanzar, puede que no cambie por ahora, pero ese es el primer paso”.
Claro, monseñor trabajó por la alimentación y motivó construir una fuente permanente para el sostenimiento del banco de alimentos. Fortaleció la fe católica y espera que a donde quiera que pueda estar, no solo se reconcilien los que generan violencia sino que los alcaldes sean transparentes con sus programas de gobierno.
Casi una década después monseñor Jaramillo es llamado a una nueva misión. A su llegada a la diócesis de Buenaventura, agosto del 2017, encontró una población en desesperanza, pero en su gente la mejor oportunidad de volver a creer: dialogar para encontrar caminos comunes en medio de las dificultades estructurales. El próximo 10 de marzo entregará la casa al nuevo obispo. “Creo que hemos salvado vidas hemos salvado muchas vidas. Yo mismo personalmente fui a muchas barrios y esteros y comunas a sacar jóvenes que la otra banda había retenido porque los querían matar. Los llevé seguros en mi camioneta”.
