EL PRIMER PASO NO TE LLEVA ADONDE QUIERES IR, PERO TE SACA DE DONDE ESTÁS.

PAULA ANDREA CUÉLLAR
SICÓLOGA

Revisamos el celular casi sin darnos cuenta. Apenas hay un silencio, una espera, una incomodidad… y ahí está: la pantalla como refugio inmediato. No es casualidad.

El uso constante del celular está profundamente ligado a la ansiedad, a la evitación emocional y a la necesidad de gratificación instantánea. Hoy no solo usamos el celular para comunicarnos; lo usamos para no sentir.

Cada notificación, cada video corto, cada desplazamiento infinito activa pequeños picos de recompensa en el cerebro. Es rápido, fácil, inmediato. Pero también es superficial. Nos acostumbra a no sostener la atención, a no tolerar el vacío y a escapar de cualquier emoción que incomode: aburrimiento, tristeza, incertidumbre. En lugar de procesarlas, las desplazamos con estímulos.

Hace poco, decidí hacer un ejercicio simple: 45 minutos sin celular. Sin excusas. Sin “solo voy a mirar un momento”. En su lugar, tomé un libro.

Los primeros minutos fueron incómodos. La mente inquieta, buscando cualquier razón para volver a la pantalla. Pensamientos sueltos, ganas de revisar mensajes, una sensación extraña de estar “perdiendo algo”. Esa es la ansiedad a la que ya estamos habituados, aunque no siempre la reconozcamos.

Pero algo cambia cuando uno se queda.

Poco a poco, la atención empieza a asentarse. La respiración se vuelve más tranquila. La mente, que al inicio estaba dispersa, comienza a enfocarse. Leer exige algo que hemos dejado de practicar: presencia. No hay recompensas inmediatas, no hay estímulos constantes, pero hay algo más profundo: conexión.

Desde un enfoque psicológico, lo que ocurre en el cerebro al leer es significativo. Se activa la atención sostenida, una capacidad cada vez más debilitada por el consumo rápido de contenido.

La imaginación entra en juego, permitiendo crear imágenes, escenarios y significados propios. Y, además, se favorece la regulación emocional: al sumergirnos en una historia o en una idea, el sistema nervioso encuentra un ritmo más estable, disminuye la sobreestimulación y se genera una sensación de calma más duradera.

Con la historia. Con las ideas. Con uno mismo.

En ese espacio sin interrupciones aparece algo que solemos evitar: el mundo interno. Y no siempre es cómodo, pero sí necesario. Porque lo que no se atiende, se acumula. Y muchas veces, la ansiedad que sentimos no es más que todo aquello que hemos venido postergando emocionalmente.

El celular no es el problema en sí. El problema es cuando se convierte en una herramienta para no sentir, para no pensar, para no estar. Cuando sustituye el silencio, la pausa y la profundidad por una sucesión infinita de distracciones.

Leer, en cambio, es un acto casi subversivo en estos tiempos. Es elegir ir más lento. Es entrenar la mente para sostenerse. Es permitir que aparezcan pensamientos sin necesidad de huir de ellos.

Tal vez no se trata de dejar el celular, sino de recuperar espacios donde no lo necesitemos tanto.

Empieza con 45 minutos

Puede que al principio sientas incomodidad. Pero también puede que, en ese pequeño gesto, encuentres algo que hace tiempo no experimentas: calma.

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